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Si Lamperti no existiera, habría que inventarlo


Si Lamperti no existiera, habría que inventarlo. Pocas declaraciones se adaptan mejor al disfraz que lleva el jugador argentino desde hace más de 10 años y que captan plenamente la importancia de un personaje imperfecto y ejemplar.

Y es Para hablar de Miguel Lamperti hay que hacerlo desde varios puntos de vista. Y todos tan diferentes como exactos. Como si fuera la realidad misma, la figura de Miguel, Miguelito o El Canoso tiene varios aspectos -y por tanto varias lecturas- que confluyen en una misma conjunción: Lamperti.

Porque, si nos atenemos a las estadísticas, el balance y las frías cifras, el de Bahía Blanca lo es, y lejos de ser un jugador de la época. Más prolífico en la etapa PPT que en la época del World Padel Tour, no ha logrado ganar ningún título desde 2013. En el moderno estadio de pádel, un total de cinco veces la final y hasta 37 semifinales. Buenos números, pero sin leyenda.

Y si pasamos a lo pragmático, lo técnico o lo didáctico, Lamperti no es el actor para servir de ejemplo en las escuelas. Anárquico y efervescente, Tiene una volea tan particular como inofensiva, un catálogo limitado de tableros y un juego defensivo basado más en la ubicación, una lectura soberbia del juego y una dosis de orgullo extra que en su facilidad para salir del juego. . No negociable, si, lo es su talento innato para la pegada, el arte del recurso o la mejora.

Miguel Lamperti realiza una de sus subastas características del World Padel Tour.

Miguel Lamperti realiza una de sus subastas características.

Pero, sin embargo, Lamperti, cómo decirlo, es Lamperti. Es Miguel Lamperti. Con mayúsculas. Su nombre trasciende enormemente números, imperfecciones, triunfos o derrotas porque logró poner a su favor algunos intangibles que, en tantas ocasiones, dibujan las leyendas de los héroes más queridos.

‘El Rifle’, el apodo descontento por el que era conocido, es el ejemplo perfecto de la evolución. Famoso por ser un pionero de las subastasAl golpear la pelota con un movimiento y un arco ahora común y antes impensable, ha podido, con altibajos, encontrar el camino a la reinvención. No para ser el mejor, es cierto, pero para ser siempre competitivo.

Porque Miguel nunca negocia el esfuerzo. Y eso tiene mérito. Un jugador más talentoso que se sacrificó en sus primeros días, encontró el reconocimiento, el amor y la ovación del público en el camino hacia la meritocracia. Pelea, pelea, corre y trabaja con la intensidad de un jugador previo al juego En su cédula de identidad, tenía más de 40 años durante mucho tiempo.

Porque, al esfuerzo, añade unas gotas de épica. Muy, muy pocos jugadores logran levantar a la audiencia y ponerla a su favor. Quizás nadie con su estilo, su carisma y su efecto. Inteligente y sabiendo que rinde mejor cuando nota esta conexión, sus gestos después de haber ganado un punto, después de haber barrido el campo como si fuera un «cuadro a cuadro» o después de haber recogido una pelota fuera del campo, provocan un impulso. en el abanico casi irracional que suele terminar con ese mantra padelista que ya es el «Lamperti, Lamperti».

Una conexión que se forjó por méritos propios. Dentro y fuera de pista. Miguel es un pionero en la creación de una «base de fans» a su alrededor en el mundo del pádel. Sin un historial que te rivalice con leyendas como Juan Martín, taxeguin, Nero o Paquito Navarro, su cercanía, cariño y predisposición son La voz de la gente y es tan común verlo tomar una foto con la mejor de las sonrisas como comentar un juego sentado en las gradas con un fan que acaba de conocer. No solo es agradable, la mayoría de los jugadores lo son. es divertido, cercano, natural y hasta cierto punto todos los días.

Virtudes que revivieron durante el octavo torneo de la temporada World Padel Tour y que le convirtieron, una vez más, en campeón sin título del Las Rozas Open. Y caer el viernes en cuartos de final. Agustín Tapia y Pablo Lima fueron, por méritos propios, los claros protagonistas tras una semana impecable. Suyo es el mérito y suyo es la corona del Madrid. Pero el éxtasis colectivo se vivió a media tarde del viernes.

Porque Lamperti es difícil de definir, fácil de consumir y sabroso. Lamperti se entiende por visceralidad, el amor a lo imposible, la cultura del esfuerzo y la recompensa. Y estos, sin ser títulos, ocupan generalmente un lugar privilegiado en la ideología popular.

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