Blanco sobre blanco, por Albert Montagut

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No pudo empezar mejor Kylian Mbappé su etapa en el Real Madrid. En pocas semanas ganó la Supercopa de Europa y la Copa Intercontinental de 2024. Todo apuntaba a que el francés culminaría en la capital española el ciclo de dominación que no había podido cerrar en París. Era la narrativa perfecta: la mayor estrella del mundo en el mayor club del mundo. Desde entonces, muchos goles -muchos de penalti-, y ningún título más. Nunca una estrella blanca había permanecido tanto tiempo en blanco.
La paradoja es mayúscula. Mientras Mbappé evidencia una desconexión creciente con la realidad del vestuario madridista, el PSG se clasifica por segundo año consecutivo para la final de la Champions.
El equipo que abandonó emerge como el mejor de Europa. Y el que eligió, está en crisis.
En el recuerdo quedan sus fueras de juego en las finales contra el Barça, su negativa a felicitar al equipo catalán tras la última Supercopa, y una actitud que ha ido erosionando la paciencia del vestuario y la grada.
Luis Enrique dijo que sin Mbappé su equipo jugaría mejor y ganaría títulos. Fue una fanfarronada que, a la postre, se ha cumplido con una exactitud incómoda. No era solo una cuestión táctica: el técnico español siempre ha exigido a sus estrellas que combatan como peones, y Mbappé nunca encajó en ese molde.
Los pleitos entre el francés y el PSG se prolongaron dos años tras su marcha, lo que revela que la ruptura también fue un alivio para el club. Lo que nadie esperaba es que ese alivio se convirtiera en despegue. El PSG de Luis Enrique no solo funciona sin su antigua estrella, funciona precisamente porque ya no está.
En Madrid, en cambio, Mbappé llegó a un club obsesionado con la gloria, pero sin patrón de juego definido. Su primer año fue de adaptación; el segundo debía ser el de la consolidación. Un nuevo entrenador quiso construir el equipo en torno a él, pero no contó con la paciencia de un presidente que exige títulos con la misma urgencia con que otros piden resultados a largo plazo.
Los resultados de las últimas semanas han abierto heridas en un entorno donde raramente se dicen las obviedades. Ahora se proclaman, y eso, en el Madrid, es siempre una señal de alarma. La gran incógnita del próximo verano no es solo qué hará Mbappé, sino quién se sentará en el banquillo blanco.
Nunca una mega estrella había protagonizado un intercambio tan cruel con su propio destino. Mbappé se fue del PSG cuando el club empezaba a encontrarse a sí mismo, y llegó al Madrid cuando el club empezaba a desordenarse.
Frente a este paisaje de incertidumbre madridista, llega un partido histórico, porque un empate le basta para proclamarse campeón de Liga ante el Madrid y en el Camp Nou, posiblemente con la ausencia de Mbappé.
Al final, la temporada dibuja un mapa claro: mientras el Madrid buscó resolver sus problemas acumulando talento, y el PSG confirmó su equilibrio sin su estrella más rutilante, el Barça ha cerrado un ciclo discreto y estable.
Puede que no haya sido el año soñado para los culés, pero comparado con el naufragio del Real Madrid de Mbappé, tiene todos los ingredientes de un éxito. En el fútbol, a veces, ganar la Liga mientras tu rival se pregunta qué ha salido mal es la mejor de las victorias posibles. Pero no olvidemos que la Liga aún está por ganar.








