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A bofetada limpia, por Lluís Foix



Discutir sobre fútbol es inevitable y hasta saludable. Un Clásico sin pasión y sin perder los estribos emocionales es una quimera. Pero alimentar el cruce de la línea entre pasión y violencia es responsabilidad de los clubs, de los jugadores, del público y muy especialmente de sectores del periodismo atolondrado. El Barça de Hansi Flick tiene casi en el bolsillo la segunda Liga consecutiva. Pero todavía no. Discutir sobre si el Madrid de Arbeloa haría o no el pasillo el 9 de mayo en el Camp Nou es una precipitación innecesaria.

Me parece más preocupante la normalización del juego duro, a veces temerario, de muchos jugadores. Se da por supuesto, por ejemplo, que en el campo del Getafe el nivel de dureza es superior al de otros estadios y que el arbitraje “tolera” acciones que rozan la violencia. Cuidado porque si no se cortan los hábitos rudos y malintencionados se acaba en la bofetada delictiva que le propinó el portero del Zaragoza, Esteban Andrada, a un jugador del Huesca, Jorge Pulido, en el Clásico aragonés del domingo. Harían bien los clubs en revisar comportamientos violentos de sus jugadores que no deben suplir el talento del adversario con jugadas violentas.

El Madrid ha de asumir que una segunda temporada en blanco no es el fin del mundo. Y recurrir al arbitraje y al VAR como causantes de sus infortunios, a pesar de los Vinicius y los Mbappés, es una salida desesperada y de perdedor. El Barça ha conocido temporadas desgraciadas y cualquier otro equipo, también. Las sutiles hostilidades vienen desde lo alto de las directivas, se trasladan a los vestuarios, son repicadas en los estadios y administradas en forma de shows en muchas tertulias futboleras. Crear un contexto violento es tan grave como la violencia misma.



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