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Isabel II, la monarca que fue el centro de gravedad de Gran Bretaña a través de dos siglos

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La reina Isabel II mira la finca de Balmoral arriba de uno de sus caballos, en una imagen del año 1971

La reina Isabel II mira la finca de Balmoral arriba de uno de sus caballos, en una imagen del año 1971 – Créditos: @Daily Mail

PARIS.– Después de permanecer 70 años y 220 días en el trono de Gran Bretaña, el reinado más largo de la historia, murió, a los 96 años, la reina Elizabeth Alexandra Mary Windsor, soberana del Reino Unido, jefa de las 54 naciones del Commonwealth y de sus 16 Estados independientes, lord gran almirante del Almirantazgo británico, gobernadora suprema de la Iglesia de Inglaterra, comandante en jefe de las fuerzas armadas, defensora de la Fe, fuente de todos los honores, señora de la isla de Mann, duquesa de Normandía y duquesa de Lancaster. Hoy, sus 147 millones de súbditos a través del planeta lloran su desaparición.

Los maoríes la llamaban “Kotuku” (la “garza blanca”, pájaro raro y sagrado) y los papúes de Nueva Guinea le decían “Missis Kwin” o “Mama belong big family”. Para su marido, el príncipe Felipe, la mujer que reinó alguna vez sobre un tercio del planeta era “Lilibet” o “mi pequeña salchicha”, mientras que sus cuatro hijos la llamaban simplemente “maman”, en francés.

Hasta el último día, Isabel II pudo enorgullecerse de haber sido uno de los raros jefes de Estado del mundo que nunca vio su enorme popularidad disminuir con el paso del tiempo, gozando del respeto casi unánime de sus súbditos. Es cierto, sus leales sujetos se convirtieron en ciudadanos, los restos del imperio británico se liberaron del yugo colonial para fundar el Commonwealth, pero la pompa real y el ceremonial monárquico siempre cohabitaron armoniosamente con una institución que supo ponerse a la moda de Internet, Facebook, Instagram y Twitter más rápido de lo que todos esperaban.

En lugar de lanzar modas, la soberana británica fue capaz de adaptarse a los cambios de su época, decidida a encarnar la estabilidad y la continuidad de la institución que representaba en medio de los sobresaltos de la Historia. Y cuando el reino estaba en crisis, como sucedió con el referéndum por la independencia de Escocia o el que condujo al Brexit, el 23 de junio de 2016, el país se federó instintivamente en torno a la soberana.

06 September 2022, United Kingdom, Balmoral: Queen Elizabeth II (L) welcomes Liz Truss during an audience at Balmoral where she invited the newly elected leader of the Conservative party to become Prime Minister and form a new government. Photo: Jane Barlow/PA Wire/dpa

06 September 2022, United Kingdom, Balmoral: Queen Elizabeth II (L) welcomes Liz Truss during an audience at Balmoral where she invited the newly elected leader of the Conservative party to become Prime Minister and form a new government. Photo: Jane Barlow/PA Wire/dpa – Créditos: @Jane Barlow

A los 96 años, enferma y debilitada, Isabel II seguía siendo el punto de referencia, el centro de gravedad de la nación, cuando todo aquello que parecía inamovible era puesto en tela de juicio. En siete décadas, la soberana se convirtió en una figura marmórea, un monumento que permitió a sus súbditos atravesar todas las crisis sin perder identidad ni coraje. Después de su llegada al trono en 1952, efectuó más de un centenar de visitas de Estado y dio varias veces la vuelta al mundo, distribuyó medio millón de recompensas, recibió más de un millón de personas en el jardín del palacio de Buckingham, confesó todos los martes a las 18 a 14 primeros ministros, de Winston Churchill a Boris Johnson. Anteayer recibió por primera vez en una audiencia Liz Truss, que se convirtió en la 15 primera ministra de su reinado. Encarnó sin desfallecer la perennidad de las instituciones. Es verdad, Isabel II reinó pero nunca gobernó. Su papel fue simbólico, reduciéndose a “ser consultada, alentar y advertir”.

Sin embargo, su poder era muy superior a lo que preveían las instituciones: la reina encarnaba profundamente a Inglaterra en esa mezcla sutil y tan particular de mujer middle class (de clase media) que adora los caballos, los perros y la campiña, sumándole —con un aspecto intemporal— su papel protocolar de soberana que vibra al unísono de su pueblo. Lo esencial de su trabajo no era tanto el de presidir ceremonias oficiales, sino el de preservar la mística real y salvaguardar la corona heredada de sus ancestros, que siendo muy joven decidió llevar hasta la muerte, antes de cederla a su hijo Carlos. Ungida con los óleos sagrados en Westminster en ocasión de su coronación, Isabel II murió en el trono. Y lo más tarde posible.

“Long reign over us”, cantan los británicos en el God Save the Queen. Para Isabel II, sus 70 años de reino no cambiaron en nada el deber asumido ante su pueblo desde Sudáfrica al cumplir 21 años, el 21 de abril de 1947: “Declaro ante ustedes que toda mi vida, sea larga o corta, estará consagrada a servirlos”, prometió.

Una imagen tomada del video 'Elizabeth: The Unseen Queen' de la princesa Isabel, de 20 años, en una visita a Sudáfrica en 1947

Una imagen tomada del video ‘Elizabeth: The Unseen Queen’ de la princesa Isabel, de 20 años, en una visita a Sudáfrica en 1947 – Créditos: @BBC

Nada predestinaba sin embargo a la pequeña Isabel, nacida el 21 de abril de 1926 en el 145 de Picadilly en Londres, a subir al trono. Hija del príncipe Alberto, duque de York —segundo hijo del rey Jorge V y la reina Mary—, y de una aristócrata escocesa, lady Elizabeth Bowes-Lyon, la niña solo se convertiría en princesa heredera a los 10 años, en diciembre de 1936, cuando, tras la muerte de Jorge V, el nuevo soberano, Eduardo VIII, decidió abdicar para casarse con Wallis Simpson, obligando a su hermano menor a subir al trono con el nombre de Jorge VI.

Atenta y cariñosa, la reina siempre estuvo atenta a la educación de sus hijas, Isabel y Margaret Rose, su hija menor, aun cuando las princesas se apegarían a sus niñeras Clara Knight, bautizada “Allah”, a Margareth MacDonald, una escocesa pelirroja apodada “Bobo”, que permaneció cerca de la reina Isabel durante 60 años, y a Marion Crawford, “Crawfie”, en servicio durante 16 años antes de cometer el error de publicar sus memorias. Crawford escribió de Isabel: “Tiene una autoridad y una capacidad de reflexión asombrosas para una niña pequeña”. Una infancia que, si bien nunca fue intelectual, se desarrolló cerca de la naturaleza, los caballos, los perros, la familia y el sentido agudo del deber.

El rey Jorge VI, después de su coronación, en 1938, y en la película ganadora del Oscar, personificado por Colin Firth

El rey Jorge VI, después de su coronación, en 1938

La princesa Isabel tomó conciencia de su destino de futura reina durante la coronación de su padre, el 12 de mayo de 1937. Cuando el coraje del pueblo vacilaba durante los bombardeos de Londres, la princesa envió un mensaje radial a la nación: “Nosotros, los niños, estamos llenos de fe y de coraje. Nos esforzamos en asumir nuestra parte del peligro y de la tristeza de la guerra. Sabemos que, finalmente, todo terminará bien”, dijo.

Queriendo asumir esa parte del esfuerzo de guerra, Isabel tendría muchas dificultades en convencer a su padre de que la dejara incorporarse al servicio auxiliar del territorio con la matrícula 230873, conduciendo y manteniendo camiones. Cuando llegó la hora de la victoria, el rey Jorge VI, orgulloso del comportamiento de su hija mayor —y decidido a alejarla de Felipe, su príncipe azul, a quien nunca apreció demasiado— la convirtió en embajadora itinerante de la corona. Así comenzó a aprender el difícil métier de soberana y adoptó ese gesto que la caracterizaba para saludar a la muchedumbre con una graciosa torsión de la muñeca.

Isabel solo tenía 13 años cuando se enamoró de quien sería el hombre de su vida y su marido durante más de 70 años. Fue en 1939, durante una visita familiar a la escuela naval de Darmouth, dirigida por lord Mountbatten. Bisnieto de la reina Victoria por su madre, primo de toda la aristocracia europea, pero siempre considerado como un príncipe alemán de segundo rango a pesar de sus altos hechos de armas y la adaptación al inglés de Battenberg, su verdadero apellido, Mountbatten decidió sacar el mejor partido de sus relaciones reales empujando a su sobrino de 18 años, el alto y rubio príncipe Felipe de Grecia y de Dinamarca, hijo de su hermana Alice de Battenberg y del príncipe Andrés de Grecia y cadete en el Royal Naval College. Su atractivo físico de príncipe nórdico encantó a la princesa, aun cuando Marion Crawford destacaría ya su “actitud ligeramente engreída e impertinente”.

Después de sortear un sinnúmero de resistencias, el compromiso de la princesa heredera con el teniente fue anunciado recién el 10 de julio de 1947, una vez concluido un largo viaje de la familia real a Sudáfrica. La boda se llevó a cabo en la abadía de Westminster, el 20 de noviembre del mismo año. Pocos días antes, Felipe fue elevado a la dignidad de duque del Reino Unido con los títulos de barón de Greenwich, conde de Merioneth y duque de Edimburgo, recibiendo las insignias de caballero en la muy noble orden de la Jarretière. La novia llevaba un traje de satén color marfil bordado con perlas y una cola con motivos de estrellas de 4,60 metros, realizada por su modista fetiche, Norman Hartnell.

Isabel II y el príncipe Felipe saludan en su boda, el 20 de noviembre de 1947, en Londres

Isabel II y el príncipe Felipe saludan en su boda, el 20 de noviembre de 1947, en Londres – Créditos: @-

Sin ninguna duda, los dos primeros años de matrimonio de Isabel y Felipe quedarían grabados en sus memorias como el periodo más feliz de sus vidas. Tres meses después de la ceremonia, la princesa heredera esperaba su primer hijo, el príncipe Carlos Felipe Arturo Jorge, que nació el 14 de noviembre de 1948. Des años después llegó la segunda hija, la princesa Ana Isabel Alicia Luisa.

Pero una espada de Damocles estaba suspendida sobre esa felicidad, pues la salud de Jorge VI, victima de un cáncer de pulmón, se deterioraba rápidamente. En el momento de su muerte, Isabel y Felipe estaban en Kenia. Con apenas 26 años, Isabel Alejandra María Windsor se convirtió en la reina más joven del mundo. De regreso, vestida de riguroso negro, sobre la pista del aeropuerto de Heathrow fue recibida por el primer ministro Winston Churchill, el primero en inclinarse ante su soberana.

¡El rey ha muerto, viva la reina! Los heraldos del palacio de Saint-James proclamaron a todo pulmón la llegada al trono de “Su Majestad la reina Isabel II, por la gracia de Dios, reina de este reino y de todos sus otros reinos y territorios, jefa del Commonwealth, defensora de la Fe…”. El peso era enorme para esa frágil mujer que puso toda su energía para poder ceñir ese día la corona de San Eduardo en la catedral de Westminster, el 2 de junio de 1953. El arzobispo de Canterbury la ungió con los óleos santos y le impuso las insignias reales ante la mirada de 20 millones de telespectadores y una asistencia de privilegiados que manifestó su asentimiento con un solemne “¡God save the queen!”.

Retrato de la reina Isabel en su coronación por Cecil Beaton (Crédito: Cecil Beaton/Museo Victoria &amp; Albert)

Retrato de la reina Isabel en su coronación por Cecil Beaton (Crédito: Cecil Beaton/Museo Victoria & Albert)

Desde entonces, Isabel II ejerció su función religiosamente. Y si bien nunca tuvo real poder, fue al final de su vida la personalidad política más experimentada del planeta: durante 70 años, cada mañana, la soberana recibió los documentos oficiales, proyectos de ley y cables diplomáticos en las ya célebres cajas rojas con sus iniciales. Sus deberes la condujeron a encarnar una suerte de madre de la nación: inauguró edificios, visitó jardines de infantes y casas para la tercera edad, bautizó buques con champagne, presidió investiduras, recorrió de norte a sur y de este a oeste todo el reino para ver y escuchar a sus súbditos convertidos en sus conciudadanos, defendió con ardor su amado Commonwealth, apadrinó mil asociaciones reales y protegió a los militares que lucharon en su nombre. Al mismo tiempo recibió a reyes y presidentes de todo el planeta en Londres e hizo centenares de visitas de Estado aunque, curiosamente, jamás tuvo pasaporte. Nunca hizo falta: los pasaportes que reciben los británicos son emitidos en su nombre. El único acto realmente personal que realizaba cada año, el 25 de diciembre por la tarde, era su discurso de Navidad, que escribía sola y no necesitaba autorización de su primer ministro. Isabel II jamás se fue a dormir sin estar convencida de haber cumplido con su deber. Reservada, solo contó los mil secretos de sus intensas jornadas a su diario íntimo.

Pero Isabel II no era únicamente soberana del Reino Unido. También era simbólicamente jefa de 16 Estados y presidía una asamblea de otros 53 Estados que constituyen el Commonwealth. Muy apegada a esa unión casi familiar y lingüística que sobrevivió al fin del imperio británico, la monarca recorrió todos esos dominios y antiguas colonias, realizando por lo menos 210 visitas en 70 años, entre ellas 24 a Canadá. Unos viajes organizados con un cuidado maniático por el detalle. En sus valijas, marcadas con la etiqueta “The Queen”, no solo había su tetera personal y su agua de Malvern, sino una toilette completa para cada acontecimiento o ceremonia, con su par de guantes y sus sombreros haciendo juego, según el tiempo: la reina siempre debía ser vista desde lejos.

Murió el Príncipe Felipe

La reina Isabel II, el príncipe Felipe, Duque de Edimburgo (2L) y sus tres hijos, el príncipe Carlos, la princesa Ana y el príncipe Andrés posan en los terrenos del castillo de Balmoral, cerca del pueblo de Crathie en Aberdeenshire, el 9 de septiembre de 1960

Isabel II era, en efecto, la reina delante de quien todo el mundo se inclinaba. Sin embargo, en privado, el jefe de la familia era el príncipe Felipe, duque de Edimburgo. Por amor, para aplacar las quejas de su marido, indignado por ser solo “una miserable ameba”, la soberana aceptó el cambio de patronímico de sus hijos, que adoptaron el nombre de Mountbatten-Windsor. Y no es falso decir que Isabel II siempre se ocupó más de sus caballos y sus perros que de sus herederos. Apenas había nacido el príncipe Carlos en 1948 y después la princesa Ana en 1950, la monarca se dedicó enteramente a sus funciones, sacrificando gran parte de su vida familiar. Su primogénito tenía solo 5 años, cuando Isabel II inició un largo periplo de seis meses en los dominios del Commonwealth. Cuando regresó, ni siquiera se inclinó hacia Carlos para besarlo: le dio un apretón de manos, reservando sus efusiones maternales a la esfera privada, si acaso se pueda decir que en esa familia alguna vez existieron desbordantes muestras de afecto. Isabel II recién se sentiría madre cuando, ya afirmada en su papel de reina, dio a luz a sus dos últimos hijos: en 1960 el príncipe Andrés y en 1964 el príncipe Eduardo.

Ocupada a tiempo completo por su reinado, la monarca delegó en su esposo la educación de sus hijos. Con los mismos métodos casi brutales que había conocido en su propia infancia, convencido de que el rigor forja a los hombres, Felipe los envió a escuelas conocidas por su rigor. Carlos padeció ese tratamiento en la institución escocesa de Gordonstown, y su benjamín, Eduardo, el más artístico de los cuatro, intentó sin éxito escapar a los comandos de marina. Hasta su muerte, el 9 de abril de 2021 a los 99 años, a pesar de las tormentas conyugales y las versiones de infidelidad de su parte, célebre por su humor y sus gaffes, Felipe fue siempre el elemento unificador de la familia y el consejero fiel de la soberana.

El Jubileo de Platino será la primera gran ceremonia real en la que no estará el príncipe Felipe

La reina Isabel II y el príncipe Felipe – Créditos: @GETTY Images

A pesar de todo, la familia fue para Isabel II uno de los pilares fundamentales de su vida. Todos los días llamaba a su madre, la “queen mum”, y a su hermana, la princesa Margaret, de quien se sentía responsable por su infelicidad sentimental después de haberle prohibido casarse con el amor de su vida, el capitán Peter Townsend. Con el tiempo, también se revelaría una maravillosa abuela para Peter y Zara Phillips, los hijos de la princesa Ana; para Beatriz y Eugenia, hijas de Andrew; Luisa y Jaime, los niños de Eduardo, sin olvidar Guillermo y Harry, que adoran a sus abuelos. Pero los escándalos de su progenitura la marcaron profundamente.

Convencida cristiana y practicante, la reina hubiera querido que sus hijos tuvieran matrimonios exitosos y, sobre todo, duraderos, sorteando dificultades y diferencias. Pero, de sus cuatro hijos, tres se divorciaron y dos se volvieron a casar. Sin hablar de su propia hermana quien, casada en 1960 a Anthony Armstrong-Jones, se divorció en 1978, fracaso anunciador de los futuros avatares familiares. El 14 de noviembre de 1973, la princesa Ana fue la primera en casarse con el capitán Mark Phillips, campeón de equitación que había conocido en los JO de Múnich un año antes. Tuvieron dos hijos, Peter y Zara. Divorciada en 1992, Ana se volvió a casar con el comandante Timothy Laurence en diciembre del mismo año. Pero la unión considerada por la prensa mundial como “la boda del siglo” fue la de Carlos, a los 33 años, con lady Diana Spencer (20), el 29 de julio de 1981, en presencia de toda la nobleza europea en la catedral de Saint-Paul y ante la mirada de 750 millones de telespectadores.

La princesa y el príncipe de Gales saludan desde su carruaje el día de su boda en Londres, en esta foto de archivo del 29 de julio de 1981.

La princesa y el príncipe de Gales saludan desde su carruaje el día de su boda en Londres, en esta foto de archivo del 29 de julio de 1981.

Inútil volver aquí sobre el naufragio de ese matrimonio, que tuvo en vilo al mundo y afectó a la soberana durante años. Separada en 1992, “annus horribilis”, según su propia expresión, la pareja se divorció cuatro años después, un año antes de la trágica desaparición de Diana, drama que conmovió la institución real hasta sus cimientos. Ese mismo año, la soberana tuvo que aceptar también la separación de su hijo Andrés, duque de York, de la centelleante Sarah Ferguson, con quien se había casado en la abadía de Westminster en julio de 1986. El único matrimonio que resistió a las tempestades fue el de su hijo menor, Eduardo, con Sophie Rhys-Jones, en junio de 1999, en la capilla San Jorge de Windsor. Por su parte, el príncipe Carlos, heredero del trono, se volvió a casar a los 56 años, con el amor de su vida, Camilla Parker-Bowles, un año mayor que el.

Felizmente, la pareja constituida por su nieto Guillermo y Catherine Middleton, casados en abril de 2011 en Westminster, parece garantizar la serena evolución de la monarquía británica, sobre todo porque la futura reina es la primera cuyos orígenes pertenecen a las clases populares. Esa aparente harmonía familiar fue motivo de satisfacción y tranquilidad para la soberana. Si bien más de 50 años separaban a Isabel II de Kate, siempre existió entre ellas una cálida complicidad, reforzada por el nacimiento del príncipe Jorge, en junio de 2013, y de la princesa Charlotte, en 2015, seguida por Luis, en abril de 2018. La reina siempre se declaró impresionada por la naturalidad con la cual la esposa de su nieto asumía sus funciones públicas, ocupándose al mismo tiempo de la educación de sus hijos. Presente en todos los frentes, Katherine Middleton ganó rápidamente la estima de la monarca.

Los duques de Cambridge y sus hijos. Así es Anmer Hall, la casita de vacaciones en la que Kate Middleton y Guillermo descansan con sus hijos

Los duques de Cambridge y sus hijos. Así es Anmer Hall, la casita de vacaciones en la que Kate Middleton y Guillermo descansan con sus hijos – Créditos: @PALACIO DE KENSINGTON.

Con esa tranquilidad y sin renunciar a sus prerrogativas, al cumplir 90 años, Isabel II comenzó a delegar progresivamente sus actividades en su hijo Carlos, pasando cuatro días a la semana en Windsor, su castillo preferido.

Sin embargo, la soberana debería vivir otras turbulencias. Primero fue la deserción de su nieto preferido, el príncipe Harry, casado con la actriz norteamericana Meghan Markle, el 19 de mayo de 2018, en quienes la soberana había depositado esperanzas de que jugaran un papel importante en el futuro de la monarquía. Pero la pareja, que recibió su primer hijo en mayo de 2019, anunció pocos meses después su intensión de tomar distancias de la familia real. Ese “Megxit”, aceptado un año después por la reina, creó profundas tensiones entre los Sussex y la monarquía, aun cuando la monarca —una vez más— adoptó en público un tono extremadamente conciliador, expresando “la tristeza” de la familia real después de la entrevista shock que Harry y su mujer dieron a Oprah Winfrey en la cadena estadounidense CBS.

“Nuestra familia se entristece de saber hasta qué punto estos últimos años fueron difíciles para Harry y Meghan. Las cuestiones planteadas, en particular aquellas que conciernen al racismo, son preocupantes. Aun cuando algunos recuerdos puedan variar, han sido tomadas muy en serio y tratadas por la familia en privado”, afirmó la soberana en un comunicado.

Como todos los anteriores durante sus 70 años de reinado, ese mensaje fue la encarnación de su principal obsesión: ante todo, la unidad.

Unidad y deber fueron las dos palabras que guiaron a esa mujer remarcable, a quien nada destinaba a consagrarles su vida. Hasta el último día, Isabel II conservó la responsabilidad de firmar los actos legislativos, nombrar al primer ministro, ser consultada, advertir y aconsejar al poder ejecutivo. Esa era su fuerza y todos los británicos lo sabían: la mayor riqueza de la soberana era su irremplazable experiencia.

Su heredero, Carlos, siempre se declaró “feliz” de esperar a las puertas del trono, libre de sus movimientos y de sus propósitos. Ahora, que se apresta a ceñir la corona de su madre, sabe bien que, como ella, deberá consagrar el resto de su vida al servicio de la monarquía, sometido al silencio constitucional.

La Reina Isabel II de Gran Bretaña con el Príncipe Carlos, Príncipe de Gales de Gran Bretaña observan un vuelo especial desde el balcón del Palacio de Buckingham después del Desfile del Cumpleaños de la Reina, el Trooping the Colour, como parte de las celebraciones del jubileo de platino de la Reina Isabel II, en Londres el junio 2 de febrero de 2022

La Reina Isabel II de Gran Bretaña con el Príncipe Carlos, Príncipe de Gales de Gran Bretaña observan un vuelo especial desde el balcón del Palacio de Buckingham después del Desfile del Cumpleaños de la Reina, el Trooping the Colour, como parte de las celebraciones del jubileo de platino de la Reina Isabel II, en Londres el junio 2 de febrero de 2022 – Créditos: @DANIEL LEAL

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