Superfinal con ADN blaugrana

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Mikel Arteta tenía 15 años cuando un caluroso mes de agosto de 1997 llegaba a La Masia para formar parte de la cantera del Barça. Martínez Vilaseca había visto en él un ‘6’ puro, un futbolista hábil con las dos piernas y con una capacidad de liderar a un equipo ofensivo sólo a la altura de los elegidos. Arteta creció en la escuela Barça, donde ganar era tan imprescindible como hacerlo con un estilo alegre y dominante. Casi 30 años después Arteta es el entrenador del Arsenal campeón de la Premier y finalista de una Champions que por primera vez en la historia enfrenta a dos entrenadores españoles. Luis Enrique y Arteta coincidieron el último año de Mikel en el Barça, era Van Gaal el entrenador que hizo debutar a un jovencísimo donostiarra en un amistoso contra el Hertha Berlín. Lucho mandaba en ese vestuario, Mikel era un niño que veía como Xavi e Iniesta se preparaban para marcar la historia del club.

Luis Enrique ha intensificado y llevado al límite la apuesta ofensiva con un juego arriesgado que sólo tiene éxito cuando la solidaridad defensiva es tan alta como la ambición ofensiva. Lucho entrena como si se acabase el mundo y en su equipo la única estrella es él, pero no es por ego, es por necesidad; en el PSG nadie puede sentirse más importante que el compañero que tiene a su lado porque entonces pierde el sentido de equipo donde la convivencia con el riesgo es extrema. Si Dembelé no defiende se va al banquillo. Al segundo. Y ni un mal gesto, ni una mala palabra. Porque han aprendido que son un pelotón al servicio del líder que les llevará a ganarlo todo.

Arteta evolucionó hacia un fútbol pragmático, físico, basado en las jugadas ensayadas a balón parado y el juego aéreo. Durante los tres años que pasó como segundo entrenador de Pep Guardiola aportó al staff del City su coherencia táctica, el control de los tempos, la inteligencia en el reparto de roles. Arteta no ha perdido nada de la esencia del futbolista que fue, con un ADN claramente blaugrana, tampoco de la esencia futbolística que compartía con Guardiola. Simplemente ha adaptado el sistema a sus jugadores con la intención loable y tantas veces vilipendiada de ganar. Si, ganar. El donostiarra ha sabido ordenar el Arsenal entregándole a Odegaard el mando de la Play y a Saka el alma del equipo. Porque el atacante de origen nigeriano es mucho más que el futbolista desequilibrante y genial, es la confirmación de que cuando superas una adversidad con carácter es difícil tumbarte.
Kvaratskhelia se presenta a esta final como candidato al Balón de Oro, un georgiano orgulloso que aprendió en Nápoles ha sentirse dios aunque en el PSG todas sean terrenales. Es un talento puro, con una creatividad irreverente, ausente de tópicos, construida viendo videos de ‘Guti’ (el madridista incomprendido) y cimentada con trabajo diario. Ousmane Dembélé algunas veces pierde la constancia, se despista, pero es casi innato en él. Cada vez menos. Luis Enrique le ayudó a ganar el Balón de Oro y a superar al Mbappé que le eclipsaba. Desde que Kylian dejó el PSG, dos finales de la Champions para Dembelé, cero títulos para el madridista. Dembele no llega pletórico físicamente a esta final pero psicológicamente está preparado.

El PSG es el equipo más goleador de esta edición de la Champions con 44 goles y el Arsenal el que menos goles recibió, con solo seis tantos en contra y ahí David Raya ha vuelto a ser decisivo. Porterazo espectacular. Los Gunners, además, están invictos (once victorias y tres empates) y en nueve partidos no recibieron goles, quedando a solo un partido del récord en Champions, establecido por el propio Arsenal en la temporada 2005/06. Una final con muchísimo talento y con un claro acento español que va del banquillo al campo con referencias de peso en ambos equipos. El ‘campeones, campeones’ se podrá escuchar en español en cualquiera de los dos vestuarios. También sentir que el Barça y su historia están presentes con dos entrenadores que aman el fútbol.
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